El crecepelo, los gurús y las promesas milagro

Lunes, 19:45. Justo antes de entrar en mi clase de yoga Bikram en la calle Maldonado —a la que me he vuelto completamente adicta desde que empezó 2026— suena el teléfono.

Contesto.

Una voz muy joven, muy joven, de veintipocos años me dice:

—“Yo colaboro con otras inmobiliarias y me dicen que les cuesta más captar que vender. ¿A ti te pasa también?”

No llegué ni a responder.

En ese segundo me di cuenta de que probablemente había repetido esa misma frase cien veces ese día. Sin entender demasiado lo que preguntaba. Solo siguiendo un guion para intentar conseguir un cliente para redes sociales, que es a lo que se dedicaba.

Y llevo días dándole vueltas a algo.

A la profundidad —o a la falta de ella— en muchas de las cosas que hacemos hoy.

Porque últimamente parece que salen a patadas gurús, consultores, vendedores, estrategas… todo tipo de expertos que prometen resolver problemas que, a veces, ni siquiera tenemos.

Hoy en redes todo el mundo es experto en algo.
Incluso personas que no superan los 25 o 26 años.

Y ojo, no digo que no lo puedan ser.
Alguno habrá, por pura estadística.

Pero también es verdad que la experiencia es un grado.
Y la experiencia no es tener muchos años: es haber pasado por suficientes situaciones como para entender de verdad lo que estás haciendo.

A veces parece que alguien lee uno o dos libros, los repite en voz alta… y ya está listo para enseñar al mundo.

Y entonces me pregunto algo.

¿Por qué seguimos comprando milagros?

Es como los antiguos vendedores de crecepelo que iban a las plazas de los pueblos prometiendo melenas dignas de Sansón.

Nos gustaría creer que existe.

Que se puede aprender inglés en siete días.
Que podemos adelgazar veinte kilos en dos semanas.
Que podemos construir un negocio mientras dormimos.

Pero la realidad suele ser menos espectacular.

Gota a gota se hace el río.

Y en el mercado inmobiliario pasa exactamente lo mismo.

A veces basta con que alguien nos diga la verdad:
un precio razonable para una vivienda, unos plazos realistas, una estrategia clara.

Pero eso, curiosamente, suena menos atractivo que las historias de:

—“Tengo un cliente mexicano muy interesado”
—“Justo ahora hay unos compradores en Miami”
—“La semana que viene firmamos seguro”

Excusas de todo tipo.

En este sector he escuchado algunas absolutamente disparatadas.

Y lo peor es que muchas veces la gente se las cree.

A mí me da pena cuando engañan a los clientes.
Y también cuando luego toca limpiar la reputación que dejan detrás.

Pero siempre habrá personas que prefieran escuchar la verdad.
Y trabajar desde ahí.

Para esas personas estamos.

Para las demás, solo puedo decir una cosa: contrastad, preguntad, pensad.

Porque los milagros, por mucho que nos gustaría que existieran, casi nunca se venden.

Y si existieran de verdad…

¿Creéis que alguien los estaría vendiendo por internet?

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