Inteligencia artificial or estupidez organica?

La casa inteligente y el humano en modo avión

Entro en mi apartamento y casi se me escapa decir: “Alexa, enciende las luces”.

Y es que mi cerebro todavía no se ha dado cuenta de que ya no vivo en ese piso que parecía la nave de Star Trek, donde todo ocurría sin que yo tuviera que hacer nada. Donde el café se preparaba solo a la hora exacta a la que sonaba el despertador, la ducha ya estaba a la temperatura perfecta y las noticias empezaban a sonar como si alguien supiera exactamente en qué momento necesitaba volver al mundo real.

Alexa lo hacía todo.

Si salía de casa, la puerta se bloqueaba sola.
La lavadora elegía el momento más eficiente.
Si faltaba algo en la nevera, aparecían sugerencias, ofertas, pedidos casi listos.
Mientras estaba fuera, la casa se limpiaba en silencio.
Y media hora antes de volver, el salón recuperaba esa temperatura perfecta que hacía olvidar el invierno ahí fuera.

La casa pensaba por mí. Me recordaba al episodio de los simpsons cuando tenia un robot que finalmente se enamora de Marge e intenta asesinar a homer.

 lo más curioso es lo rápido que uno se acostumbra.

Porque cuando todo funciona así, sin esfuerzo, dejas de hacer cosas. Pequeñas cosas. Levantarte a encender la luz. Preparar el café. Poner música. Incluso decidir.

Y entonces aparece la verdadera pregunta.

¿Qué hacemos nosotros con todo ese esfuerzo que ya no necesitamos hacer?

La respuesta, casi siempre, es nada.

Miramos el móvil.
Abrimos Instagram.
Pasamos el dedo una y otra vez, como si estuviéramos esperando algo.
Y esas veinte calorías que antes gastabas levantándote del sofá… ya no existen.

La tecnología no solo nos está facilitando la vida. También está eliminando el esfuerzo invisible que formaba parte de ella.

Y esto no ha hecho más que empezar.

Inteligencias artificiales que escriben textos.
Bots que responden mensajes.
Algoritmos que deciden qué vemos, qué escuchamos, qué compramos.

Externalizamos tanto, que si un día nos sueltan en una rotonda sin Google Maps… no sabemos salir.

Y no es una exageración.

Es un hábito.

Usar la inteligencia artificial es extraordinario. Nos permite ser más eficientes, más rápidos, más libres en muchos sentidos. Pero también nos empuja, poco a poco, a dejar de hacer cosas que antes eran nuestras.

No porque no podamos.

Sino porque ya no hace falta.

Y quizá ese es el verdadero riesgo.

No que la inteligencia artificial se vuelva más inteligente.

Sino que nosotros dejemos de usar la nuestra.

Porque en un mundo donde ni siquiera encendemos las luces, ni elegimos la música, ni recordamos direcciones…

me pregunto:

¿Nos estamos volviendo más tontos… o solo más cómodos?

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