
Entro a Starbucks de la calle Princesa esquina con Serrano Jover. No voy mucho, la verdad. Una vez cada muerto obispo pido un moka frapuccino (light, sin nata, para ahuyentar a la culpa, ayy la culpa…) y sigo con mi vida.
Pero ese día algo había cambiado.
El pistacho había tomado el control de la situación. Es más, ahora que lo pienso… ¿el chico que me atendió iba vestido de verde pi…?… No no no, espera, se me entrecruzan pensamientos.
Bueno, pues eso. Me fijo en los paneles donde tienen todas las bebidas y, si hace tiempo que ya pasaron a otra estratosfera del tipo Frappuccino Unicornio, Cotton Candy, Red Velvet o Ferrero Rocher… hasta ahí pasé. Pero esa vez había un protagonista que se notaba en el ambiente de manera sutil… Había una carta entera dedicada al pistacho.
Pistachio Latte, Iced Pistachio Latte, Pistachio Frappuccino, Pistachio Oat Shaken Espresso, Pistachio Cortado, Pistachio Hot Chocolate… todo en versión pistacho.
Y claro, ya llevaba unos meses observándolo, este fenómeno en general. Como una suerte de fiebre silenciosa que, de repente, está por todas partes.
La semana anterior, en el Numa Pompilio de la calle Velázquez, al preguntar por los postres, me ofrecieron crème brûlée con toquecitos de pistacho por encima… mmmmh.
—Es como una crema catalana —me explicó la camarera, amablemente.
Y yo la miro, con mis caras de yayayaya, y le comento:
—Mmmmmhhhhh sí, sí… eso lo entiendo. Lo que no entiendo es el pistacho.
Porque está en todas partes.
Croissants con pistacho, donuts de pistacho, muffins de pistacho, cookies de pistacho, cheesecake con pistacho, brownie de pistacho, pizza con pistacho, pan con pistacho, bebidas con pistacho.
Y lo más sorprendente: crema de pistacho.
¿Para qué usan eso? ¿Para broncearse?
Sí. Como una Nutella. Pero de pistacho.

Recuerdo cuando estuve en Sicilia hace años (muchos años) y pedías un cannoli y te lo servían con trocitos de pistacho. Era algo diferente, local, hasta exótico te diría.
Con esta fiebre que hay me puse a investigar y, cómo no, fueron los árabes los que llevaron el pistacho a Sicilia, como tantas cosas que usamos en nuestro día a día.
En esa época era un objeto de lujo. Se comenta que lo tomaba la realeza. En España siempre ha sido algo caro. Digamos que ha sido el fruto seco más snob. Y la verdad, tiene un sabor especial. Para mí no lo pondría en todo, pero en su forma natural o en un buen helado italiano, sí.
Pero ahora está en Madrid. En Starbucks. En cafeterías. En restaurantes. En panaderías.
El pistacho ha dejado de ser un ingrediente.
Se ha convertido en una tendencia.
Y es curioso cómo funcionan estas cosas. Cómo algo pasa de ser específico, casi desconocido, a convertirse en omnipresente.
Las redes sociales tienen mucho que ver con esto. Todo se replica. Todo se amplifica. Todo se convierte en objeto de deseo.
Y de repente, estás viendo pistacho en todas partes.
No me sorprendería que mañana fuera a comprar un coche y me preguntaran:
—¿Lo quiere en negro, gris… o pistacho?
Pero mira, igual tengamos suerte y quizá por fin se acabe la fiebre de la tarta de queso. Llevamos años viéndola en cada carta. Como si no existieran más postres en el mundo.
Parece que escucho decir al camarero…
—De postre tenemos tarta de queso…
Y yo, entrecerrando los ojos, como cuando me pongo cínica, digo:
—¿En serio? Eso sí que es novedad…
Y ahora el pistacho, con su color elegante y su aire sofisticado, ha ocupado ese lugar.
Pero me pregunto cuánto durará.
¿Y quién será su predecesor?
Déjame pensar… ¿las castañas? No parecen tan elegantes… Igual si las caramelizamos… ¿el sésamo? Difícil de utilizar…
Porque las tendencias, igual que llegan, se van.
Y el pistacho, que durante años fue discreto, siempre caro, hoy es la estrella principal.
Pero lo que yo me pregunto es….
¿Somos amantes del pistacho… o víctimas del algoritmo?




