
Ayer caminaba por la calle Tutor.
Había dejado de llover por unos minutos, lo justo para que la ciudad respirara y yo también.
Fue entonces cuando lo vi: un piso con las persianas completamente bajadas.
Una pequeña terraza medio abandonada, con una mesa que algún día fue útil, que seguramente sostuvo desayunos, charlas, plantas… vida. Hoy estaba ahí, sola, detenida en el tiempo.
Me recordó a mi primera vivienda.
Un piso de 1978 al que entré por primera vez sabiendo que llevaba décadas cerrado. Apenas había sido habitado un año. No les gustó, lo cerraron… y así quedó. Durante más de cuarenta años.
Y me vino una pregunta que se me repite a menudo:
¿qué hace que dejemos algo tan valioso abandonado, sin uso, sin vida?
La respuesta apareció rápido.
El miedo.
El miedo es una de las emociones que más nos paraliza. Nos mantiene dentro de una zona conocida —aunque no sea cómoda— porque salir de ahí implica exponerse. Y hoy, especialmente cuando hablamos de alquilar una vivienda, el miedo está muy presente.
Es verdad que la Ley de Arrendamientos Urbanos no ayuda a generar tranquilidad.
Y también es verdad que existen casos problemáticos. Son pocos, pero muy ruidosos. Los medios los amplifican, se convierten en historias que circulan rápido… y el miedo crece.
Recuerdo perfectamente a una clienta que entró en la oficina hace casi dos años.
Quería alquilar su casa, pero venía muy tocada por una mala experiencia anterior con otra agencia.
Entró con prisa. Sujetaba fuerte el abrigo y el bolso. No se sentaba.
El lenguaje corporal hablaba mucho más que sus palabras.
Tras unos minutos de conversación la invité a pasar a la sala de reuniones. Estuvimos de pie varios minutos más, hasta que por fin se sentó y pudo explicarlo todo.

Después de comentarle cómo iba a ser el proceso y que necesitaba ver la vivienda para saber de lo que hablábamos, nos contrató. Y hoy lleva con los mismos inquilinos, pagando religiosamente todos los meses.
Y es que el filtro de los inquilinos, aparte de obviamente acreditar solvencia, hacer comprobaciones varias y, en este caso, contratar un seguro de impago, tiene otro componente que, después de tratar con muchísima gente, para mí es el más importante: la vibra, la energía que te da la persona, su coherencia, el lenguaje corporal… un conjunto de pequeños puntos que, sumados, hacen que sea la persona adecuada para ser tu inquilino.
Y es que no se trata de alquilarle el piso al primero que pague un precio desorbitado por nuestra vivienda. Ojo: se trata de poner un precio razonable dentro del mercado, para poder elegir a una persona que no solo pague, sino que nos cuide la casa como si fuera nuestra.
Muchas veces les digo a los propietarios algo que repito como un mantra:
alquilar tu casa es una gran responsabilidad. Por eso yo me lo tomo como si fuera mía.
Y siempre me hago la misma pregunta:
¿yo querría a esta persona viviendo aquí?
La vida no garantiza aciertos. A veces nos equivocamos.
Pero quedarse paralizado por miedo también tiene un coste: casas cerradas, viviendas sin uso, espacios llenos de potencial esperando una segunda oportunidad.
Salir del miedo no es hacerlo sin miedo.
Es hacerlo con miedo, pero acompañados, informados y con criterio.
Dar vida a una casa.
Permitir que otra familia construya recuerdos donde antes hubo silencio.
Confiar, con cabeza y con corazón.
Porque siempre habrá excusas, bloqueos y razones para no moverse.
Pero crecer —en lo personal y en lo patrimonial— casi siempre empieza ahí:
justo cuando decidimos dar un paso fuera de la zona cómoda.
Si este miedo te resuena, quizá no necesitas más valentía… sino más claridad y acompañamiento.
Published by: Lamperti Group



